Briceño bajo luto por el asesinato del periodista antioqueño
El homicidio de Mateo Pérez Rueda en el norte de Antioquia ha sido confirmado oficialmente por las autoridades locales, tras el hallazgo de sus restos en una zona boscosa de Briceño. El joven comunicador, cuya trayectoria empezaba a destacar en la región, fue, según los primeros informes judiciales, “víctima de un ataque directo por parte de grupos armados ilegales” que operan en esta jurisdicción. La tragedia, que ha enlutado a la comunidad académica de la Universidad de Antioquia, se atribuye preliminarmente a las disidencias del Frente 36 de las FARC, responsables de este acto violento que lamentablemente silencia una voz joven y valiente en el territorio nacional.
La desaparición del estudiante y reportero ocurrió mientras desempeñaba labores investigativas y profesionales sobre las dinámicas sociales en el área rural. Este asesinato del periodista antioqueño se produce en un entorno hostil donde, tal como advierten informes de seguridad, la región de Briceño se ha consolidado como un “foco de conflicto por el control territorial de rutas de narcotráfico” y minería ilegal. La presión ejercida por estos actores armados sobre la población civil y los comunicadores independientes dificultó inicialmente las operaciones de búsqueda, activando protocolos de emergencia por parte de diversas redes de protección a los derechos humanos en el departamento.
El procedimiento de recuperación fue ejecutado por una comisión humanitaria que logró penetrar en el sector rural de El Pescado, un punto geográfico de difícil acceso por las condiciones climáticas y la inseguridad latente. El homicidio de Mateo Pérez obligó a un despliegue técnico riguroso para el levantamiento del cuerpo, el cual fue posteriormente remitido a las instalaciones de Medicina Legal para las experticias correspondientes. Las estadísticas de violencia en esta zona evidencian una escalada de confrontaciones, donde la presencia de estructuras criminales no solo limita el tránsito, sino que impone una ley de silencio mediante acciones de fuerza que afectan directamente la integridad de los investigadores en campo.
La indignación colectiva ante el asesinato del periodista antioqueño ha movilizado a organizaciones como la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), cuyos voceros enfatizaron que el joven estaba “comprometido con la narración de las realidades rurales de su departamento” de manera incansable. Este crimen es interpretado por defensores de derechos humanos como un retroceso institucional y un atentado directo contra el pluralismo democrático en las zonas más vulnerables de Colombia. El cierre de esta investigación deja una profunda preocupación sobre las garantías de seguridad para la prensa regional, proyectando un escenario de alta peligrosidad para quienes intentan dar visibilidad a las problemáticas sociales bajo la sombra de la ilegalidad.

